El Templo de la Tierra y yo (IV)

2018-09-28 16:09:38
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Ahora déjame pensar: ¿quiénes fueron las personas que siguieron viniendo a este parque durante quince años? Parece que, además de mí, los únicos que quedan son una pareja de ancianos.

Hace quince años, esta pareja de ancianos era de mediana edad, todavía era muy joven. Siempre caminaban en el parque al atardecer: no estoy seguro de qué puerta tomaban para ingresar al predio, pero generalmente caminaban en sentido contrario a las agujas del reloj a través del parque. El hombre era muy alto, de hombros anchos y piernas largas, al caminar miraba hacia adelante. Mantenía una posición erguida desde la cintura y hasta el cuello. Su esposa lo tomaba del brazo mientras caminaban, pero incluso esto no modificaba su postura en lo más mínimo.

El Templo de la Tierra y yo (IV)

La mujer era bajita y no se la podía considerar bonita. Sin ninguna razón, supuse que ella era de lo que alguna vez se había sido una familia rica e ilustre. Mientras sostenía el brazo de su esposo, parecía una niña frágil. Cuando miraba a su alrededor, parecía como si le temiera a algo. Ella le hablaba en voz baja a su marido y cuando otros se acercaban ella tímidamente detenía su parloteo. A veces, los asociaba con Jean Valjean y Cosette, pero esta era una idea fugaz. De un vistazo, sabías que eran un viejo esposo y esposa. Los dos estaban bien vestidos, pero debido a que los tiempos habían cambiado su ropa parecía algo pasada de moda. Ellos eran como yo: el mal tiempo no podía evitar que vinieran a este parque, pero pasaban allí un rato más largo. Podían venir en cualquier momento, pero siempre llegaban al anochecer. Cuando hacía viento, usaban cazadoras de color beige; cuando llovía, llevaban sombrillas negras. En el verano, vestían camisas blancas y pantalones negros o beige. En el invierno, usaban abrigos de lana negra. Estos eran probablemente los únicos tres colores que les gustaban. Ellos caminaban en sentido contrario a las agujas del reloj a través de este parque una vez, para luego irse.

Cuando pasaban junto a mí, solo oía los pasos del hombre. En sus excursiones, era como si la mujer estuviese atada al marido y flotando. Pensé que debían de tener alguna impresión de mí, pero nunca hablamos. Ninguno de nosotros indicó la intención de conocerse. En quince años, tal vez se dieron cuenta de que un chico joven estaba entrando en la mediana edad, y noté que un admirable par de afectuosos compañeros de mediana edad se estaban convirtiendo en dos personas mayores.

Otro que solía aparecer aquí era un chico joven que amaba cantar: también venía a este parque todos los días. Cantó aquí durante años, más tarde desapareció. Tenía más o menos la misma edad que yo. La mayoría de las veces, él aparecía con la aurora y cantaba durante media hora o, a veces, toda la mañana. Supuse que tenía que ir a trabajar en ciertas ocasiones. A menudo nos topábamos en el camino al este del altar: sabía que iba a cantar debajo del alto muro en la esquina sureste, y él debió haber supuesto que iba a la arboleda en la esquina noreste. Cuando llegaba a mi lugar y le daba algunas pitadas a un cigarrillo, notada que se preparaba para comenzar. Seguía cantando las mismas pocas canciones. Antes de que terminara la Revolución Cultural, interpretaba “Las nubes blancas flotan en el cielo azul, y los pájaros revolotean bajo las nubes blancas…”. Sigo sin recordar el nombre de esa canción. Después de la Revolución Cultural, entonaba el aria más popular de El vendedor ambulante y la niña: “¡Paño a la venta, tela para la venta!”. Recuerdo que canturreaba esta primera línea con gran estilo: en el aire claro de la mañana, este vendedor ambulante hacía las rondas de todos los rincones del parque para rendir homenaje a la niña.

“Estoy teniendo buena suerte, estoy teniendo buena suerte, estoy cantando por la felicidad…”. Y luego cantaba una y otra vez, sin dejar enfriar el ardor del vendedor ambulante. No pensaba que su técnica fuera perfecta, ya que cometía errores en lugares clave, pero su voz era bastante buena y podía cantar durante toda una mañana sin cansarse. El sol tampoco se fatigaba: reducía las sombras de los árboles grandes y secaba las imprudentes lombrices de tierra en el camino. Cerca del mediodía, nos encontrábamos nuevamente en el lado este del altar. Me miraba, lo miraba, se dirigía hacia el norte y yo hacia el sur. Esto duró mucho tiempo antes de que sintiera que los dos queríamos conocernos, pero parecía que no sabíamos cómo abrir la boca, así que nos mirábamos el uno al otro y finalmente desviábamos la mirada para seguir nuestros caminos separados. Esto sucedió varias veces, y parecía cada vez aún más difícil separar la comisura de los labios. Finalmente, un día, un día que no fue para nada especial, nos asentimos con la cabeza el uno al otro. Él dijo: “Hola”. Yo dije: "Hola". Él dijo: “¿Vas a casa?”. Dije: “Sí, ¿y tú?” Él dijo: “Sí, también tengo que regresar”. Ambos aflojamos nuestros pasos (el andar en silla de ruedas, en mi caso), queríamos hablar un poco más, pero todavía no sabíamos por dónde empezar. Y así pasamos uno al lado del otro, y luego ambos nos volvimos para mirar al otro.

Él dijo: “Hasta luego, entonces”. Le dije: “Está bien, nos vemos más tarde”. Luego, sonriéndonos el uno al otro, nos fuimos por caminos separados. Pero no nos volvimos a ver. Después de eso, ya no cantaba en el parque. Solo entonces se me ocurrió que tal vez, ese día, él se había despedido intencionalmente de mí. ¿Lo habían seleccionado para una compañía teatral o de canto y baile? Realmente espero que haya tenido la buena suerte de haber cantado.

Hubo algunos más, también. Todavía puedo recordar a algunos que a menudo venían al parque. Un anciano que podría ser considerado un verdadero bebedor: en su cintura colgaba una botella de porcelana plana, que por supuesto estaba llena de vino. A menudo venía al parque a pasar las horas de la tarde. Daba un paseo por todos lados: si no estabas prestando atención, podías pensar que había varios ancianos como este en el parque, pero cuando notabas su estilo único de beber, podrías creer que era un anciano dándose una lección a sí mismo. Se vestía de forma demasiado casual, y esa era la forma en que también caminaba. Después de andar cincuenta o sesenta metros, elegiría un lugar, pisaría un banco de piedra o un montículo de tierra o un tronco de árbol, sacaría la botella de vino, sacaría el corcho y, al mismo tiempo, escanearía la escena en frente a él, lentamente, de izquierda a derecha, con los ojos entrecerrados. Entonces, como un relámpago, súbitamente, daba un gran trago y volvía a colgar su botella en la cintura, pensaba tranquilamente durante un rato y luego caminaba otros cincuenta o sesenta metros. También solía verse a un hombre que atrapaba pájaros. En aquellos tiempos, no había mucha gente en el parque, pero sí muchas aves. Estableció una red en la arboleda en la esquina noroeste, y cuando las aves lo golpeaban, sus plumas se atascaban en la malla y ya no podían liberarse. Estaba esperando un tipo particular de ave que era muy común en el pasado pero muy rara ahora. Cuando otros pájaros golpeaban la red, los quitaba y liberaba. Comentaba que había estado esperando durante años al raro pájaro; decía que esperaría otro año y vería si este pájaro todavía existía. Siguió esperando durante años. Por la mañana y al anochecer, se podía ver a una ingeniera de mediana edad en este parque: por la mañana, atravesaba el parque de norte a sur para ir a trabajar; al atardecer, cruzaba el parque de sur a norte para irse a casa. De hecho, no sé nada sobre su profesión o su formación académica, pero pensé que debía de ser una profesional en ciencia y tecnología: otras personas generalmente no tienen ese aspecto de elegancia simple y sin adornos. Cuando caminaba por el parque, los árboles parecían aún más pacíficos, y los débiles rayos del sol aparentaban cargar una melodía inquietante, como "Für Elise". Nunca vi a su marido, nunca vi cómo era ese hombre afortunado. Me gustaba. Intenté imaginar su aspecto, pero no pude. Más tarde, de repente me di cuenta que era mejor no saber, era mejor si él no aparecía. Salía de la puerta norte y regresaba a casa.

Estaba un poco preocupado, preocupado de que tuviera que estar ocupada en la cocina; tal vez las escenas que ella crearía en la cocina también serían hermosas, pero no como "Für Elise". Entonces, ¿a qué melodía serían análogas? Había otra persona, él era mi amigo: era un corredor de larga distancia muy talentoso, pero había sido descuidado. Debido a que había sido descuidado en su charla durante la Revolución Cultural, había pasado unos años en la cárcel. Después de quedar en libertad, con gran dificultad encontrótrabajo tirando de un carro. En el trabajo, no era tratado como igual en ningún aspecto. El entrenamiento para carreras de larga distancia fue la forma de lidiar con su depresión. En aquel entonces, siempre venía al parque a correr, y lo cronometraba con mi reloj. Cada vez que terminaba una vuelta, me hacía señas y yo anotaba el tiempo. Cada vez, corría veinte vueltas, unos veinte mil metros. Esperaba que su éxito en la carrera de maratón lo llevara a una verdadera liberación de los problemas políticos: pensaba que los lentes y las palabras de los reporteros podrían ayudarlo a lograr el objetivo. El primer año, se colocó en el décimo quinto lugar en el Festival de Primavera de la carrera de la ciudad: se vieron fotos de los primeros diez en la vitrina de los periódicos en la calle Chang-an, por lo que se tenía algo de confianza. Al año siguiente, llegó en cuarto lugar, pero solo las fotos de los que ocuparon el podio se colgaron en la vitrina. Él no se dio por vencido. El tercer año, fue séptimo; las fotos de los primeros seis fueron colgadas, y él estaba un poco molesto consigo mismo. El cuarto año, quedó tercero; pero solo la foto del ganador del primer lugar se colgó. El quinto año, salió primero y se desesperó porque la vitrina mostraba solo una foto de la multitud mirando el espectáculo. En aquellos años, los dos solíamos quedarnos en este parque hasta el anochecer, maldiciendo tanto como nos gustaba, y cuando terminábamos de maldecir, nos íbamos silenciosamente a casa. Cuando nos separábamos, cada uno amonestaba al otro nuevamente: “Inténtalo un poco más, no te rindas ante la vida por el momento”. Él no corre más, es ya demasiado viejo y no puede correr tan rápido. La última vez que participó en la carrera de ronda de la ciudad, incluso a la edad de treinta y ocho años, volvió a ser el primero y también batió el récord. Un entrenador le dijo: "Desearía haberte descubierto hace diez años". Forzó una sonrisa y no dijo nada. Al atardecer, llegó al parque de nuevo, y con calma me contó sobre esto. Han pasado bastantes años desde la última vez que lo vi. Él, su esposa e hijo ahora viven lejos de aquí.

Ahora, estas personas ya no vienen al parque. Es casi un contingente completamente nuevo. De los veteranos de hace quince años, ahora quedamos solo la pareja de ancianos y yo. Por un tiempo, uno de los dos tampoco vía: al atardecer, solo el hombre llegaba para caminar. Su ritmo había disminuido mucho. Estuve preocupado por mucho tiempo, temeroso de que algo le hubiera sucedido a la mujer. Afortunadamente, después de que pasara el invierno, la mujer volvió y los dos siguieron caminando en el sentido contrario a las agujas del reloj a través del parque: una larga sombra y otra corta, como las manecillas de un reloj. La mujer ahora tenía muchas más canas, pero, como antes, entrelazaba su brazo al de su marido mientras caminaba, como si fuera una niña. "Entrelazaba" no es la palabra correcta. Quizás deberíamos decir "apoyaba". No sé si hay una palabra que combine estos dos significados.

Shi Tiesheng (1951-2010), escritor chino quien nació en Pekín, se hizo conocido en el país sobre todo por su obra El Templo de la Tierra y Yo, considerada uno de los mejores ensayos del siglo XX en idioma chino. La mayor parte de su vida sufrió de enfermedad y quedó en silla de ruedas, por esta razón escribió varias obras sobre pensamientos de la vida. Shi recibió un buen número de galardones en reconocimiento a su obra, entre ellos el Premio Literario Lu Xun, uno de los más prestigiosos en las letras del país asiático.


Ahora déjame pensar: ¿quiénes fueron las personas que siguieron viniendo a este parque durante quince años? Parece que, además de mí, los únicos que quedan son una pareja de ancianos.

Hace quince años, esta pareja de ancianos era de mediana edad, todavía era muy joven. Siempre caminaban en el parque al atardecer: no estoy seguro de qué puerta tomaban para ingresar al predio, pero generalmente caminaban en sentido contrario a las agujas del reloj a través del parque. El hombre era muy alto, de hombros anchos y piernas largas, al caminar miraba hacia adelante. Mantenía una posición erguida desde la cintura y hasta el cuello. Su esposa lo tomaba del brazo mientras caminaban, pero incluso esto no modificaba su postura en lo más mínimo.

El Templo de la Tierra y yo (IV)

La mujer era bajita y no se la podía considerar bonita. Sin ninguna razón, supuse que ella era de lo que alguna vez se había sido una familia rica e ilustre. Mientras sostenía el brazo de su esposo, parecía una niña frágil. Cuando miraba a su alrededor, parecía como si le temiera a algo. Ella le hablaba en voz baja a su marido y cuando otros se acercaban ella tímidamente detenía su parloteo. A veces, los asociaba con Jean Valjean y Cosette, pero esta era una idea fugaz. De un vistazo, sabías que eran un viejo esposo y esposa. Los dos estaban bien vestidos, pero debido a que los tiempos habían cambiado su ropa parecía algo pasada de moda. Ellos eran como yo: el mal tiempo no podía evitar que vinieran a este parque, pero pasaban allí un rato más largo. Podían venir en cualquier momento, pero siempre llegaban al anochecer. Cuando hacía viento, usaban cazadoras de color beige; cuando llovía, llevaban sombrillas negras. En el verano, vestían camisas blancas y pantalones negros o beige. En el invierno, usaban abrigos de lana negra. Estos eran probablemente los únicos tres colores que les gustaban. Ellos caminaban en sentido contrario a las agujas del reloj a través de este parque una vez, para luego irse.

Cuando pasaban junto a mí, solo oía los pasos del hombre. En sus excursiones, era como si la mujer estuviese atada al marido y flotando. Pensé que debían de tener alguna impresión de mí, pero nunca hablamos. Ninguno de nosotros indicó la intención de conocerse. En quince años, tal vez se dieron cuenta de que un chico joven estaba entrando en la mediana edad, y noté que un admirable par de afectuosos compañeros de mediana edad se estaban convirtiendo en dos personas mayores.

Otro que solía aparecer aquí era un chico joven que amaba cantar: también venía a este parque todos los días. Cantó aquí durante años, más tarde desapareció. Tenía más o menos la misma edad que yo. La mayoría de las veces, él aparecía con la aurora y cantaba durante media hora o, a veces, toda la mañana. Supuse que tenía que ir a trabajar en ciertas ocasiones. A menudo nos topábamos en el camino al este del altar: sabía que iba a cantar debajo del alto muro en la esquina sureste, y él debió haber supuesto que iba a la arboleda en la esquina noreste. Cuando llegaba a mi lugar y le daba algunas pitadas a un cigarrillo, notada que se preparaba para comenzar. Seguía cantando las mismas pocas canciones. Antes de que terminara la Revolución Cultural, interpretaba “Las nubes blancas flotan en el cielo azul, y los pájaros revolotean bajo las nubes blancas…”. Sigo sin recordar el nombre de esa canción. Después de la Revolución Cultural, entonaba el aria más popular de El vendedor ambulante y la niña: “¡Paño a la venta, tela para la venta!”. Recuerdo que canturreaba esta primera línea con gran estilo: en el aire claro de la mañana, este vendedor ambulante hacía las rondas de todos los rincones del parque para rendir homenaje a la niña.

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