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Fragmentos de Zhuangzi
2007-10-26 11:15:08   CRI
No venerar a un anciano es no respetar los ritos. No honrar a un sabio es carecer de juicio. No inclinarse ante la virtud que irradia de otra persona es perjudicarse a sí mismo. ¡Recuérdalo, ganso! Y si esto es cierto para cualquier virtud, tanto más lo es para la ciencia del Principio, por el cual todo lo que es subsiste, cuyo conocimiento es vida y su ignorancia es muerte. Conformarse al Principio proporciona el éxito, oponerse a él, el fracaso asegurado. El deber del sabio es honrar la ciencia del Principio donde la hallare. Ahora bien, este viejo pescador la posee. ¿Acaso podía no honrarle como lo he hecho?

*

Cantidad de recetas han sido inventadas por diferentes autores para gobernar el mundo, cada uno ha ofrecido la suya como si fuese la más perfecta. Sin embargo, todas han resultado ser insuficientes. Sólo hay un único procedimiento eficaz, dejar actuar el Principio sin contrarrestarlo. Está por todas partes, lo penetra todo. Si los influjos trascendentes bajan del cielo y suben de la tierra, si existen sabios, es gracias a él, inmanente en el todo universal. Cuanto más estrecha sea su unión con el Principio, más perfecto será el hombre. Los grados superiores de esta unión producen los hombres celestes, los hombres trascendentes, los hombres superiores.

El espíritu que anima «el Tao» es el mismo que alienta en toda verdadera Tradición pues ¿no pretende, en realidad, reencontrar un estado en el hombre que ahora está perdido y que sólo pocos han conseguido encontrar? ¿Y no pretende también, el regreso, la «re-unión» a ese origen y fuente de los que el hombre se encuentra separado?

Es por esto que nos ha parecido apropiado incluir en este número un extracto de «Nan-Hoa-Tchenn-Kina» de Tchoang-tze, uno de los grandes maestros del Taoísmo después de Lao-Tse.

* * *

Capítulo 19-A

Aquel que ha penetrado el sentido de la vida, no se preocupa de lo que no contribuye a la vida. Aquel que ha penetrado la naturaleza del destino, no intenta ya escrutar esta entidad inescrutable. Para cuidar el cuerpo hay que utilizar unos medios convenientes; sin excesos no obstante, porque todo exceso es inútil. Hay que esforzarse además de mantener el espíritu vital, sin el cual el cuerpo está perdido. El ser vivo no se ha podido oponer a su vivificación ( en el momento de su nacimiento); tampoco podrá oponerse a que un día (cuando muera) la vida se retire de él. El vulgo se imagina que, para conservar la vida; es suficiente ocuparse del cuerpo. Se equivoca. Hace falta además, y sobretodo, prevenir el deterioro del espíritu vital, lo que es prácticamente imposible entre las preocupaciones del mundo. Es necesario pues, para conservar y hacer durar la vida, abandonar el mundo y sus problemas.

 
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